De todas las historias,
de todas las ausencias,
la suya es la más triste.
Desde su partida,
la soledad se ha vuelto
roja y brillante
y con ese nuevo fulgor mortesino,
se estrella suave
contra mis sienes;
si salgo, mi estimada,
no llevo más adorno que ese.
Desde su ida
las ventanas de este cuarto
permanecen cerradas;
todas las noches,
la noche las golpea
con delicadeza absoluta y solemne:
no las abro,
me rehuso a ser conciente del tiempo.
Me quedo en la mecedora,
la que una vez fue suya...
y desde allí,
ocupando ahora su lugar,
admiro el hogar ardiente
y lo ágil de los sucesos
cuando acontecen
y se suceden los unos a los otros,
con intención deliberada.
Mi muy amada,
qué tanta es la distancia
entre usted y mi nostalgia.
Cuánta sal,
cuánto acero cruzará mi pecho
antes de que su imágen,
hecha carne,
reverdezca mi cuerpo.
Comerte hasta hacer saltar los botones.
ResponderEliminarTu voz, leyendo tus palabras, hablando de mi. Tus ojos, interpretando tus letras, hablando de mi. Tu risa, riendo de tus frases, hablando de mi.
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