Cierro los ojos y respiro. Abro los pulmones y escondo bajo una piedra junto a mi, los temores inquebrantables, las dudas atroces. Comienzo más o menos por el medio, tratando siempre de recordar algunas de tus palabras. Las profundas y acompasadas, las vagas y humanas, las que te dicta tu verdadero vos y las que imitás, pero que también son tuyas. A veces te temo. A veces te extraño. En algunas ocasiones te traigo a mi y, si la hermosa casualidad me responde, corro para esconderme. A veces, dorado objeto de mi ansiedad, pienso en nosotros y me hago preguntas. Preguntas que requieren de respuestas que nadie va a darme. ¿Por qué recaigo una y otra vez? Por qué, una y otra vez me desvelo soñándome en tu abrazo. Vulnerable a tu inclemencia, a la profundidad de cada sílaba que dibujan tus labios, a lo que quiero que digas, a lo que escucho en lugar de lo que decís... Será acaso que tu voz, cosa incomprensible, me conecta con el cosmos, sea éso lo que fuere que sea. Y de golpe soy parte del todo, sin necesidad de seguir preguntándome cosas. El simple recuerdo de los pocos pasos -a veces milímetros- que nos distanciaron tantas veces, me une a la eternidad misma, logrando por una vez -cada vez- que el tiempo deje de ser.
Cierro los ojos y me pierdo en el desvelo de soñar. Y el aire se vuelve ágil una vez más, pavoneándose ante mi con venerable simpatía, antes de entrar por mi nariz. Y cuando respiro, te huelo. Tu aroma, me trae el campo, el río haciéndose fuerte y rompiendo todo lo que el hombre ha denominano como "límites". Tu perfume, es el perfume del horno recién prendido para hacer pan y las manos que lograron la masa; es la tarde de lluvia renovando la tierra y la noche invisible, esperando la puesta del sol. Tu voz, leyendo tus palabras, hablando de mi. Tus ojos, interpretando tus letras, hablando de mi. Tu risa, riendo de tus frases, hablando de mi.
Mi inmarchitable poeta, usted lo es todo tantas veces, que por su puesto que me asusta. Me asusta el descontrol, la informidad, lo fuera de circunstancia, la falta de explicación. Por eso me quedo con las imágenes, con los recuerdos imborrables. Con todo aquello que fue y que en algunas noches de frío y nostalgia sigue siendo. Lástima que no se bien en que creer. Si creyera en otras vidas, creería que ya nos conocemos... Y que cada vez que volvemos a encontrarnos, optamos por el desencuentro. Demasiada fuerza de ambos lados, demasiada soberbia la tuya y la mía, demasiada la conciencia de ser espíritus tan únicos. Demasiado espacio el que necesitamos y tan poco el que podemos darnos. Demasiado fuego; demasiado el calor, el azufre.. Y nosotros que caímos -karma o no- en una habitación tan simple como lo es el cuerpo humano, solo envueltos en piel: Imposible no quemarnos.